No puedo mentir, vengo pensando esta nota desde el año pasado.
Desde que Sailor Moon se subió al trencito del festejo de sus 20 años en el 2012 y que no parece parar en ningún momento. Desde que nos invadió una ola de merchandising por todos lados y desde que un chino decidió que LA magical girl tendría que tener un festejo por lo grande.
Desde entonces es que vengo pensando que de alguna manera tengo que plasmar cuánto significa este manga para mí. Cuánto me cambió, adonde me metió y qué cosas me hizo conocer.
Y eso que me vengo comiendo las uñas porque me vienen pateando esta adaptación desde hace más de un año. Que se hace, que no se hace, que sale por internet, que era una animación flash, que se emite en simultáneo, que no va a abarcar todo y miles de suposiciones más de gente de internet que cree que se sabe todo porque ve muchas cosas chinas todas las semanas.
Yo no soy persona de fanatismos. No entiendo la idealización ni esa ceguera absoluta que tiene mucha gente en defender a capa y espada a un ídolo, un cantante, un grupo, un jugador o un actor no importa lo que digan o hagan.
Lo que sí entiendo y muy bien, es la pasión y el amor que genera un “algo” de la niñez. Un amor que dura toda la vida y del que nunca te vas a separar porque las peleas no son factibles ni las desilusiones te hacen quererlo menos. No importa cuánto te alejés de ello con el tiempo, ni hace cuanto que no lo veas. No importa qué digan, cuánto cambie, ni cuanto cambiés vos. Está ahí y cada vez que suena esa musiquita que reconocés con una sonrisa mientras se te pone la piel de gallina, volvés a tener la edad que tenías cuando lo conociste por primera vez.
Desde que Sailor Moon se subió al trencito del festejo de sus 20 años en el 2012 y que no parece parar en ningún momento. Desde que nos invadió una ola de merchandising por todos lados y desde que un chino decidió que LA magical girl tendría que tener un festejo por lo grande.
Desde entonces es que vengo pensando que de alguna manera tengo que plasmar cuánto significa este manga para mí. Cuánto me cambió, adonde me metió y qué cosas me hizo conocer.
Y eso que me vengo comiendo las uñas porque me vienen pateando esta adaptación desde hace más de un año. Que se hace, que no se hace, que sale por internet, que era una animación flash, que se emite en simultáneo, que no va a abarcar todo y miles de suposiciones más de gente de internet que cree que se sabe todo porque ve muchas cosas chinas todas las semanas.
Yo no soy persona de fanatismos. No entiendo la idealización ni esa ceguera absoluta que tiene mucha gente en defender a capa y espada a un ídolo, un cantante, un grupo, un jugador o un actor no importa lo que digan o hagan.
Lo que sí entiendo y muy bien, es la pasión y el amor que genera un “algo” de la niñez. Un amor que dura toda la vida y del que nunca te vas a separar porque las peleas no son factibles ni las desilusiones te hacen quererlo menos. No importa cuánto te alejés de ello con el tiempo, ni hace cuanto que no lo veas. No importa qué digan, cuánto cambie, ni cuanto cambiés vos. Está ahí y cada vez que suena esa musiquita que reconocés con una sonrisa mientras se te pone la piel de gallina, volvés a tener la edad que tenías cuando lo conociste por primera vez.









